Por Diego Domínguez y Joaquín Pisa

El senador y expresidente José Mujica pasó más de 40 días aislado en su casa por la pandemia del coronavirus. No es el primer encierro que vive, y su gesto de tranquilidad sentado en un banco de su chacra demuestra que no le importa que se le acerquen. Está sentado, de piernas abiertas, y con el brazo apoyado sobre el respaldo. Parece un hombre cansado, como aquel que espera por horas su cerveza en la barra de un boliche. 

Su aspecto coincide con el de un tipo al que poco le afecta lo que opinen de él. Está despeinado, tiene el cierre de la campera por la mitad, unas medias marrones por encima del jogging y unos zapatos embarrados que perfectamente pueden ser los mismos del día de su asunción. 


Abre sus ojos achinados con esfuerzo. Mira atento una, dos, tres veces. Enseguida cambia su pose. “Sin contacto, por favor”, es lo primero que dice cuando tienden a saludarlo con el puño. “¿Demoran mucho aprontando eso? Si quieren llamo a alguien que entienda del tema”, comenta mientras se cae un trípode y una bandada de gallinas interrumpe la escena.

Los animales son el sonido reinante de la granja, donde quiere que lo entierren abajo de un árbol, justo al lado de su perra Manuela. Vive allí con Lucía Topolansky, su esposa, rodeado de patos, gallinas, perros, y verde, mucho verde. La casa parece hecha a los tumbos, ladrillo por ladrillo. Una antena de cable destaca en lo alto y es lo único lujoso que aparece a simple vista.

Mantiene su mirada fija y larga lo que piensa. Suspira, analiza su respuesta, y dice: “Se ve que (Daniel Martínez y Carolina Cosse) tienen cuentas pendientes de la Facultad de Ingeniería, porque no tenía explicación: ¿por qué no la quiso llevar de candidata a vicepresidenta? Un papelón”.

Cuando le preguntan por la figura del presidente Luis Lacalle Pou se limita a hablar de cómo fue criado.

Si bien aprueba la gestión del mandatario en un 20%, le preocupa la política económica que tienen él y su equipo. Discrepa con la visión centrada en el comercio exterior que, a su entender, deprimirá el comercio interno.

Achacado por la edad, dice que va a seguir vinculado a la política, aunque renunciará al Senado. Se lamenta porque el Parlamento “es triste”, “no pasa nada”, no se discuten leyes, y se acepta todo lo que venga desde el Poder Ejecutivo, argumenta. Por eso cree que no tiene que perder tiempo en ir, porque si va, está “de florero”.

De estos últimos años, se reprocha el haber gestado la carrera de Guido Manini Ríos en la política.

Se dice que usted es uno de los responsables de que Manini Ríos haya llegado a la política, ¿por qué?

Porque lo elegí de comandante en jefe. 

¿Se siente responsable?

No sé. Lo que elegiste hace siete u ocho años no sabés para dónde va. No tenía mucho para elegir. Acá hay un problema que nadie te lo dice: hay una buena barra de militares que se hacen masones, para ascender, para acomodarse. No puedo creer que haya tanto masón y, por el otro lado, unos poquitos que son independientes y otros Tenientes de Artigas. ¿Qué hacés cuando tenés que elegir? Yo no sabía que este era Teniente. La manera de hacer política dentro del Ejército es vía logia, no partido. Igual, es un tipo inteligente. 

El pasaje de Manini Ríos como comandante en jefe terminó cuando cuestionó a la Justicia al entregarle las actas del Tribunal de Honor de José Gavazzo al entonces presidente Tabaré Vázquez. Ahora, en un nuevo capítulo, una historia similar se repite con las actas de Gilberto Vázquez y Mujica suscribe a la versión del exmandatario: dice que las declaraciones del militar no llegaron a manos del Ejecutivo.

Mujica, en su última participación como senador, votará a favor del desafuero de Manini Ríos, pero por disciplina partidaria, porque afirma que “en alta política no debés victimizar a nadie”. Sin embargo, piensa que el Partido Nacional votará en contra porque entiende que la política está por encima de la Justicia y que así Cabildo Abierto los seguirá apoyando.

Desafuero de Manini es un “caso típico donde lo político está por encima de lo jurídico”.

Desde el retorno de la democracia hasta ahora, el expresidente piensa que Uruguay falló en la búsqueda de la verdad sobre los detenidos desaparecidos, incluso en su gobierno.

Una de sus tácticas fue acercarse a Manini Ríos para que le diera más información. Pero el resultado no fue el que esperaba.

“Esperamos que Manini consiguiera un poco más de información, fracasamos”.

Usted dijo que se iba a saber todo sobre los militares cuando se mueran…

Nunca pudimos crear una política como la de Mandela, por ejemplo. En América Latina no hemos podido. Decir “hacemos una justicia transicional, en donde vos me das la verdad y con eso yo me obligo, como Estado, a tener cierta consideración porque vos me diste la verdad” eso, que no es la justicia común, nosotros en Uruguay no pudimos instrumentarla.

¿Por qué cree que nunca se pudo llegar a una política como la de Mandela? ¿Por poder de los militares o por falta de poder de los políticos?

Tal vez por impotencia de nosotros mismos. Asumo también en parte la responsabilidad.

Mujica dice que no guarda rencor sobre los episodios de la dictadura. Tampoco cree que haya que dar vuelta la página porque “sirve para aprender muchas cosas”. Sostiene una y otra vez eso: que hay que aprender, leer y leer. Pero dice que dejó atrás esos años, aunque aclara que todavía le quedan cuentas pendientes: el conjunto de familiares y “la gente que fue volteada inútilmente”. 

Confiesa que nunca mató a nadie porque “no se le dio”. Que oportunidades le faltaron, pero destreza y convicción no. Que su cabeza es casi la misma del joven de aquellos tiempos, y que todavía respira armado. ¿La explicación? “Vivo en una chacra, cómo no voy a tener armas”, se justifica. 

Para Mujica la dictadura se terminó, pero la lucha por el progreso humano continúa. “Una escalera al infinitivo”, en donde se suben escalones, con “ocasionales tropiezos, caídas, piñas”, es parte de su descripción sobre una causa que, entiende, no tiene premio al final, sino que el premio es el camino mismo. 

“Decir que llegamos a una humanidad en la que los problemas están solucionados es mitológico. Siempre van a haber problemas”, reflexiona mientras continúa sentado, de piernas abiertas, y con el brazo apoyado sobre el respaldo, como lo haría cualquier hombre de boliche. 

Ninguna cerveza lo espera, pero sí un encargado de seguridad para salir a buscar plantas. Es al único lado que saldrá porque, como la charla, su ciclo en el Parlamento ya se terminó.

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