Por Guillermo López y Juan Vique

Tan solo dos días antes de anunciar el desarrollo del test diagnóstico para covid-19 que hizo que Uruguay corriera con ventaja en el combate a la pandemia, el Institut Pasteur tuvo una reunión donde evaluó cerrar sus puertas mientras durara el llamado del gobierno a quedarse en casa. 

“Teníamos derecho, no somos un instituto de salud, somos un instituto que hace investigación en salud, pero no tenemos como vocación ni tratar pacientes ni hacer procedimientos diagnósticos”, recuerda el director del instituto, Carlos Batthyány.

Ahora, con el diario del lunes y luego de haber visto el impacto de los tests en el control de la enfermedad, el experto destaca el valor de la ciencia en una sociedad. Dice que los países desarrollados lograron serlo “invirtiendo en ciencia” y pide tratar el tema “como política de Estado, que trascienda gobiernos”. 

El Institut Pasteur de Montevideo (IPM) adquirió un rol protagónico durante la pandemia. ¿Que permitió al Pasteur estar a este nivel de respuesta?

El 2 de marzo, cuando todavía no teníamos ningún caso de pacientes con la enfermedad en el continente, me convocan a una reunión de directores de la zona América de la red de Institutos Pasteur para alertarnos de lo que habían vivido los institutos Pasteur que están en Asia, en particular en China, y lo que estaba pasando en Europa, en particular con el instituto Pasteur de París que estaba jugando un rol muy importante logrando la secuenciación del virus, por ejemplo, pero tuvo que cerrar. 

Por otro lado, el nuevo ministro de Salud Pública, Daniel Salinas, gracias a que su hermano es un gran investigador y lo puso en contacto con los mejores virólogos del Uruguay, contactó a Gonzalo Moratorio y a Pilar Moreno, dos investigadores de biología molecular de la Facultad de Ciencias, que también trabajan acá. De esa manera, el ministro, que todavía no había asumido, empezó a generar un vínculo de confianza con el grupo de Moratorio y luego con el propio instituto.

El 16 de marzo cuando se habían cerrado las clases tuvimos una reunión en la que había que decidir qué iba a hacer el instituto. La pregunta era: ¿cerramos y nos quedamos en casa? Teníamos derecho. No somos un instituto de salud, somos un instituto que hace investigación en salud, pero no tenemos como vocación ni tratar pacientes ni hacer procedimientos diagnósticos. Una opción era que nos quedáramos en casa y mantuviéramos una guardia mínima para las cosas que se necesitaba que siguieran funcionando.

El segundo camino era seguir como siempre. Y el tercer camino, que siempre las terceras posibilidades son las mejores, era ir por un camino del medio. 

¿Cuántas personas trabajan en el IPM?

Somos 270 personas entre funcionarios de administración, estudiantes e investigadores. Lo primero que dejamos en claro fue que íbamos a cumplir estrictamente las recomendaciones sanitarias. 

Tomamos la decisión de mantener el instituto abierto en un momento de crisis sanitaria, que en ese momento no se veía, pero se transformó en la peor crisis sanitaria de Uruguay en por lo menos los últimos 50 años. No tenía sentido seguir haciendo vida normal. Si íbamos a seguir trabajando tenía que ser por y para ayudar en esa crisis sanitaria, y eso fue lo que se hizo, redireccionar todos los esfuerzos del instituto para trabajar en covid-19.

¿Qué podíamos aportar rápido que Uruguay no tuviera? Uruguay no tenía y no podía comprar kits de diagnóstico, y algo que tiene esta enfermedad es que el procedimiento diagnóstico es bastante sencillo para los investigadores. 

¿Los test por PCR (diagnóstico activo de la enfermedad)?

Justamente. Si se tienen destrezas manuales y conocimiento técnico de biología molecular, con equipamiento, la máquina de PCR en tiempo real o PCR cuantitativa, se puede desarrollar un test diagnóstico y no se necesita comprarlo. Eso fue lo que hizo el IPM con la Universidad de la República (Udelar). Nuestra primera respuesta fue tratar de ofrecer una solución que no se tenía. Si no podes hacer diagnósticos, todo lo demás se derrumba.

El segundo ítem que nos propusimos fue hacer del IPM un instituto diagnóstico. El Ministerio de Salud Pública (MSP) nos habilitó y transformamos un instituto de investigación guiada por curiosidad en un instituto en el que la principal actividad pasó a ser el diagnóstico clínico. Para esto usamos el expertise de algunos investigadores que como parte de su formación tuvieron formación en laboratorio clínico. 

Después precisamos aumentar la capacidad de diagnóstico a nivel nacional. Para eso se colaboró con el laboratorio de virología molecular de la Udelar en Salto y se logró que pudieran tener capacidad diagnóstica allí. 

También nos imaginamos la creación de una red de laboratorios clínicos en hospitales públicos para aumentar la capacidad diagnóstica, con el objetivo de llegar al mismo nivel de diagnóstico molecular que tenía Alemania en ese momento, cerca de 1000 test por día. Entonces deslocalizamos el equipamiento académico y académicos hacia laboratorios clínicos de hospitales públicos: Maciel, Pasteur, el Instituto Nacional de Cáncer, Pereira Rossell, el laboratorio de la Regional Norte de la Udelar. Se habilitó un laboratorio de diagnóstico clínico en Tacuarembó, en la División de Laboratorios Veterinarios (Dilave), en el campus que tiene la Udelar junto con el Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA).

Fue muy lindo de vivir porque todo el sistema académico, desde el INIA hasta la Dilave, hasta laboratorios de investigación guiada por curiosidad, se pusieron al servicio de hacer diagnósticos, fue muy importante. Esto permitió a Uruguay dar un paso gigante hacia adelante para luego sí desplegar otra fortaleza que tiene Uruguay, que durante todo el siglo XX ha puesto de manifiesto, que son las capacidades de vigilancia epidemiológica tradicional que hacen los epidemiólogos llamando por teléfono y haciendo el rastreo. 

Las líneas de investigación fueron el test por PCR, la secuenciación genómica (rastreo del origen del virus y sus características) y los test serológicos, que van a permitir conocer la prevalencia, es decir cuánta gente fue afectada, sean asintomáticos o no. ¿Por qué esto es importante?

España pasó una primera ola enorme y están en una segunda ola grande. ¿Por qué es esto? Porque a este virus lo combatimos evitando el contagio. Al evitar el contagio, muchos pacientes potenciales no quedan inmunizados. Son una especie de reservorio donde el virus puede llegar a volver a incubarse y reproducirse. Enfermando o no al paciente, desde la biología del virus lo que hay es un enorme reservorio de gente potencial. 

Por esto es importante entender la prevalencia de la enfermedad, y para eso es fundamental tener la huella dactilar de la enfermedad que es la respuesta inmune del paciente, los anticuerpos en sangre, que te permiten conocer si el paciente tuvo o no contacto con la enfermedad. Aunque haya sido de forma asinotomática.

¿Hay alguna otra línea de investigación o, dentro de estas, algún detalle adicional que se esté buscando desarrollar en el instituto?

Tuvimos la suerte de tener contacto con la enfermedad cuando ya habíamos visto lo que pasó en China y Europa. Tenemos como ventaja que varios países, más avanzados desde el punto de vista de la innovación y el desarrollo tecnológico, están adelantados a nosotros. En ese sentido seguimos tratando de generar nuevas herramientas diagnósticas para el país.

Estamos trabajando en dos líneas importantes de investigación que están bastante avanzadas. Una es el monitoreo del virus en aguas residuales como una forma de monitorizar determinados subsectores de la población como barrios, asentamientos, cárceles y ciudades fronterizas. A nivel internacional se vio que monitorizar la presencia del virus en aguas residuales permite correlacionar la presencia de material genético del virus con un futuro brote clínico. Si uno analiza el agua que sale de un hospital y encuentra rastro del virus, y el hospital no tiene pacientes activos, quiere decir que allí hay alguien que tiene el virus de forma asintomática y hay que ir a buscarlo. Es una herramienta para las autoridades sanitarias, para saber dónde intervenir.

Por otro lado, Uruguay precisa tener aun más descentralizado el diagnóstico, y las máquinas de PCR en tiempo real son equipos muy costosos, de más de US$ 100.000 dólares. Un grupo del IPM junto con la Facultad de Química de la Udelar están poniendo a punto otro método diagnóstico, parecido al de PCR pero que no precisa someter la muestra a cambios de temperatura para amplificar el material genético. 

Esto hace al aparato más sencillo y a la técnica mucho más simple y barata. Una vez que sea validado por el MSP, la idea es que esté en los hospitales de todos los departamentos, para que cada departamento tenga capacidad de diagnosticar sus pacientes. 

¿Ve una respuesta positiva de la población hacia el IPM  y la ciencia?

Sin dudas y  hay dos factores importantes. Hubo un cambio en la imagen que la gente tiene de los científicos: se empieza a entender que los científicos no son personas superfluas o que pueden tener solo los países ricos. Todos los países tienen necesidad de desarrollar sus capacidades científicas y tecnológicas, así como tienen que tener sus propios profesionales. Sino uno queda siempre rehén y no es soberano en su desarrollo. 

Lo segundo fue un cambio de nosotros mismos hacia la sociedad. Nos vimos salir de nuestra zona de comfort y hacer este tipo de entrevistas. Empezamos a contar lo que hacemos y para qué lo hacemos. Eso genera una mayor interacción y que se entienda que los científicos son profesionales que hacen algo desconocido para la población, pero no menos importante.

¿Piensa que esta valoración positiva se debe ver reflejada en un mayor presupuesto?

Estamos en medio de una crisis y como tal somos muy sensibles a la crisis. Como médico me preocupa muchísimo ver que haya aumentado el número de personas viviendo en la calle o personas que pasan hambre. Todo eso es urgente. Pero eso no nos puede desviar la mirada de lo importante, y una cosa que hay que decir, de forma tranquila pero firme, es que los países que se desarrollaron son países que en algún momento de su historia decidieron ir por el camino de la valorización del conocimiento. 

La pregunta que se tiene que hacer Uruguay, y que me preocupa no escuchar en la agenda de los políticos de los últimos 15 años y de ahora, es cómo Uruguay se va a parar de acá a 20 años: en cuál Uruguay van a vivir mis hijas o los hijos de ustedes.

¿Un Uruguay productor de materia prima como hasta ahora? Lo que más exportamos es carne, que se está produciendo de forma sintética –que no es sintética porque se produce en laboratorios por reproducción de células–, que ya está a precios competitivos y puede llegar a hacer mejores controles de calidad de la seguridad sanitaria. 

A los niños les inculcamos cuidar a los animales y al medioambiente. Entonces el niño se empieza a preguntar: “¿Si cuido a los animales por qué en determinado momento los tengo que matar para comer?”. ¿No estamos induciendo un cambio en las costumbres alimenticias de los futuros adultos? Si eso pasa, ¿qué va a pasar con Uruguay?, ¿Va a seguir vendiendo carne?

Esas preguntas hay que hacerlas y me preocupa no estar viendo en la agenda política cuál va a ser la riqueza que Uruguay va a tratar de vender para ser un país sustentable. Se tiene que poder vender algo que se vaya regenerando. 

El conocimiento genera más y más conocimiento. No en vano los países que están a la delantera en avances tecnológicos, por ejemplo en esta pandemia, son países que están haciendo punta en ciencia, tecnología e innovación: China, Alemania, Israel, Inglaterra, países nórdicos. Los que siempre ponen la pelota adelante por tener un sistema desarrollado, ¿cómo lo lograron? No lo lograron haciendo recortes y ajustes fiscales, lo lograron invirtiendo. La palabra no es gastar, es invertir en educación y sobre todo en ciencia, tecnología e innovación.

Está sobre la mesa el decreto 90/020, que fija un tope presupuestario del 85% respecto al del año anterior. El 7 de agosto se anunció que el IPM y otros centros de investigación quedan por fuera de este tope. Sin embargo, en el ambiente científico se señaló que no se incluye en esta excepción a la Udelar. ¿Qué visión tiene usted?

No podía incluirla porque son cosas diferentes. La Udelar no tiene como único objeto la ciencia y la tecnología. El presupuesto de la Udelar se pelea en la ley presupuestal. Lo que nos preocupa muchísimo es que es el principal actor productor de conocimiento en Uruguay. El 80% de los investigadores con cargo de dedicación total son de Udelar. Las mejores becas de posgrado en ciencia son las de la Comisión Académica de Posgrado de Udelar, y por tanto es un sector muy sensible.

Hay que decirlo de forma firme: achicar el presupuesto de Udelar es un proceso crítico porque además estaba entrando en un proceso de descentralización hacia el interior. Estoy convencido de que se precisan más y mejores centros de tercer y cuarto nivel en todo el territorio nacional, como forma de llevar el desarrollo hacia el interior. 

Estados Unidos se desarrolló globalmente como país creando universidades. Cada vez que detectaba un problema en determinado sector de su población lo que hacía era llevar un centro universitario, de forma que los investigadores se movilizaran hacia allí y generarán nuevas ciudades. Nosotros tenemos que tratar de copiar del mundo lo que nos parezca la mejor solución para Uruguay, como se hizo al principio del siglo XX, que copiamos mucho y bien. Ahora tenemos que usar la misma estrategia.

El IPM tiene proyectos que escapan a la emergencia sanitaria. ¿En qué otros proyectos se trabaja respecto a enfermedades y desarrollo tecnológico?

Tenemos divididos objetivos estratégicos para el quinquenio (2020-2025). El primero de ellos es fortalecer las capacidades de hacer ciencia guiada por la curiosidad. Tenemos algunos capítulos centrales: mecanismos moleculares de enfermedad,  mecanismos de resistencia microbiana y desarrollo de nuevos fármacos. Son todas líneas de investigación muy activas en el instituto y hay 20 grupos de investigación trabajando en ello. 

Por otro lado tenemos las plataformas tecnológicas, donde hay equipamiento de alto costo y mantenimiento, y es una de las partes importantes que tenemos que pensar cómo mantener. 

Otro objetivo es el desarrollo de un plan de carrera y pensar cómo le vamos a asegurar un lugar a las generaciones más jóvenes, que son las que demostraron que tienen todo el potencial para sacar el país adelante a través del conocimiento.

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