Por Guillermo López y Juan Vique / 30 de agosto de 2020

Hay un dato que el experto en seguridad Diego Sanjurjo está convencido que el 99% de los uruguayos no conoce: Montevideo es la segunda capital con más homicidios por habitante de América del Sur. El especialista advierte que Uruguay era uno de los países más pacíficos del continente, pero que esto cambió en los últimos 15 años. “Si la tendencia continúa, estamos en el horno”, señala. 

El especialista en políticas públicas, seguridad y armas asumió como coordinador de Estrategias Focalizadas de Prevención Policial del Delito, del Programa Integral de Seguridad Ciudadana del Ministerio del Interior (MI) el 6 de agosto, una cartera que “va por el buen camino”. 

El experto destaca los resultados del MI en los primeros meses de gobierno porque entiende que ya mostró “resultados parciales” como la reducción de los homicidios y de las rapiñas. También resalta que se están cumpliendo con las promesas de campaña porque la Policía está “atrapando más delincuente”.

Pero Sanjurjo –que forma parte del sector Ciudadanos del Partido Colorado– admite que este gobierno necesita resultados en seguridad en el corto plazo. “A este gobierno se lo eligió para que baje la inseguridad y si no hay resultados a fin de año va a haber una presión tremenda”, reconoce. 

A continuación, un resumen de la entrevista del experto en seguridad con Mejor Dicho

¿Cómo analiza la gestión de Jorge Larrañaga en sus primeros meses?

Se encontraron con un panorama excepcional. La cuarentena tiene un efecto sobre la delincuencia que en distintos países se dio de distinta forma. Lo más esperable era que aumentaran los homicidios y los ajustes de cuenta ya que hay más personas peleando por una oferta más reducida de droga o tráficos pero no pasó.  A su vez, la cuarentena hacía esperable que se redujeran las rapiñas como sucedió. 

Tuvieron que aplicar e invertir los recursos humanos, cuidar la cuarentena, evitar las aglomeraciones. Esto junto a lo que implica la llegada de un nuevo gobierno al ministerio donde cientos de personas tienen que acostumbrarse a un lugar y tareas que no conocían de antemano. 

La gestión se juzga por la ausencia de delito y en estos primeros tres meses hubo tanto una reducción de los homicidios como de las rapiñas. La conclusión es que con todos esos desafíos se mostraron resultados parciales y van por el buen camino.

En general hay un cierto cumplimiento de las promesas de campaña, como tener fuerzas del orden que actuaran de manera más frontal frente a la delincuencia y que no deje pasar ninguna ilegalidad. Es muy pronto para pensar si va a tener un efecto positivo o no, pero antes de la ley de urgente consideración hubo más de 600 nuevos procesamientos con prisión lo que ya implica que la misma policía con la misma ley está persiguiendo y atrapando más delincuentes y en ese sentido es lo que el ministro había prometido.

La emergencia sanitaria sacó, aunque sea momentáneamente, el foco de atención de la seguridad pública,  ¿cree que le dio un respiro al MI para trabajar en las políticas propuestas por esta administración?

Sin duda que la presión se redujo. La seguridad pasó de ser el tema número uno desde 2009, al cuarto o quinto. Las autoridades están concentradas y además con una mochila terrible en un área donde se precisan resultados rápidos. Pero sin duda que sí, que en los informativos se hable tanto del covid y no tanto de la inseguridad para el jerarca es bueno. 

No sé si lo ayudó porque a la vez lo complicó también. Es algo temporal porque, apenas pase la pandemia, la economía y el trabajo seguirán siendo las preocupaciones principales y la inseguridad va a aumentar. A este gobierno se lo eligió para que baje la inseguridad y si no hay resultados a fin de año va a haber una presión tremenda.

 ¿Vivimos en una sociedad más violenta de lo que pensamos? 

En Uruguay la seguridad está politizada. Tenemos un lado de la grieta, el lado de la izquierda, al que le importa solamente la violencia doméstica, los femicidios y la violencia del Estado, ya sea los policías actuales como en la época de la dictadura. Esos temas son los que salen en los medios de izquierda o los que se demanda por esa parte de la población. Del otro lado de la pequeña grieta, hay personas que están preocupadas por la delincuencia común y corriente. 

La mayoría de los uruguayos no es consciente que los niveles de violencia en Uruguay se volvieron muy altos. Uruguay era un país de los más pacíficos de América Latina y esto cambió en los últimos 15 años. Mientras en todo el mundo la gran mayoría de la delincuencia se reduce año a año, en América Latina hay muchos países que aumentan, pero incluso hay muchos que se reducen, como Ecuador, Panamá, Argentina y Chile. Montevideo es la segunda capital con más homicidios por habitante de América del Sur, un dato que supongo que el 99% de los uruguayos no lo sabe. No lo nota porque están concentrados en barrios de la periferia y el miedo es que se siga desbordando. Entonces Uruguay pasó a ser uno de los países más violentos y es un dato no una opinión.

Uruguay tiene el desafío que eso no continúe. Los países que son más violentos que nosotros empezaron igual y fueron aumentando. Al final el crimen organizado ya no se puede controlar por el Estado. Si la tendencia de los últimos 10 años continúa por otros 10 años más, estamos en el horno. 

Esa ala más de izquierda que apunta a los femicidios, ¿cómo la etiquetan? 

El ministerio lo divide y yo también. No es lo mismo violencia criminal, de odio o interpersonal. Hay una mitad de este país que piensa que el problema número uno son los femicidios, que son 20 por año de 400, el 5%. Es el único tipo de homicidio que no ha aumentado. Tuvimos 27 el año pasado y en 2011 tuvimos 24. Pero hay una parte de la población que esa es la demanda social y que francamente cree que los femicidios y la violencia doméstica son el número uno, la violencia doméstica también las encuestas de victimización de género muestra que se reduce año a año, pasa que la gente denuncia más.

Son tipos de violencia distinta y el Ministerio del Interior tiene que combatirlas todas. Por su naturaleza, la violencia criminal –la que busca un beneficio que no es simplemente agredir al otro– es aquella para la que el ministerio está más preparado. La violencia que sucede dentro de la casa es el ámbito más difícil de intervención.

¿Se puede hablar de nuevos tipos de delincuencia surgidos a partir de la emergencia sanitaria? 

Desde los años noventa para acá que en Uruguay, al igual que en América Latina, el crimen organizado empieza a ganar preponderancia y es nuestra mayor preocupación. En otros países de la región donde los estados son débiles, el crimen organizado se hace fuerte y cambia la naturaleza de la sociedad. 

Cuando viajamos a Brasil, Colombia, Venezuela, países donde el Estado no tiene el monopolio, hay lugares donde el crimen organizado aprovecha la falta estatal para hacerse fuerte y el Estado ya no puede. Uruguay está en camino de ese problema, cada vez son más fuertes, cada vez nos cuesta más. No es algo nuevo pero la magnitud del fenómeno sí.

¿Cree que los allanamientos nocturnos son la solución al problema de las bocas? ¿Tenemos personal policial capacitado para ello?

Sí. No es la panacea en absoluto, ninguna política pública soluciona un problema, solamente es una gota, una pata más para solucionarlo. Tenemos una prohibición para que la policía entre sin consentimiento de noche a la casa de una persona y es absurdo. Responde a que cuando se hizo la primera Constitución no había luz eléctrica y por más que te dijeran que eran la policía no sabías quién era. Eso ya no tiene ningún sentido. El único país desarrollado donde hay una prohibición así es en Portugal.

Hoy los delincuentes saben que, si actúan de noche, dentro de sus casas tienen una inmunidad completa. Esto es particularmente nocivo en el narcotráfico porque el delito sucede de noche porque es más difícil de vigilar. La policía de noche tiene las manos atadas. 

Cuando hacemos una ley sobre seguridad, delincuencia y los ciudadanos se acomodan a la ley. En la delincuencia saben que desde que baja el sol hasta las seis de la mañana ya no queda nada, incluso esa persona ni va a prisión. Si lo cambiáramos no es la panacea pero es una herramienta fundamental.

¿Qué lectura hace de la salida de Talvi de la política? ¿Habló con él?

Para Ciudadanos fue un golpe muy duro, era nuestro líder, el fundador. El partido además venía en alza y es relativamente común que los líderes si no tienen éxito o perspectivas de éxito se bajen y den lugar a nuevos liderazgos. 

Este es un caso excepcional: era el ministro con mayor popularidad del gobierno y por razones personales decidió bajarse. Es un golpe simplemente porque deja temporalmente sin un liderazgo claro. Por otro lado, es mejor que suceda ahora  y no más cerca de las elecciones. Tenemos cuatro años para sacarnos el polvo y pararnos de vuelta, lo que esperamos todos es que la situación dé lugar a que surja un liderazgo natural. Si no surge sería mucho peor.

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