Por Diego Domínguez y Joaquín Pisa / 24 de agosto de 2020

Santiago Rodríguez no es muy alto. Tiene cara de tímido, que se potencia con las pocas palabras que dice cuando abre las puertas de su casa. Con la postura medio encorvada, trata de mirar a los ojos pero siempre se desvía a un costado. Es flaco, no tan flaquito como antes –le empezaron a gustar las pesas– pero no es el estereotipo de futbolista todo cuadrado con espalda más ancha que un arco como Armando Méndez, que en su opinión “está enfermo”.

Al 23 de Nacional le sirve ser flaco porque le permite ser más ágil, y cuando uno es más ágil puede ser más atrevido en la cancha, encarar a un defensa por cualquier lado, tirarle un caño, pasarlo en velocidad, llegar al área rival gracias al arte del engaño, como lo hace su ídolo Neymar.

Rodríguez prefiere jugar por el medio, atrás del delantero, porque dice que la banda lo limita y porque Riquelme, su otro ídolo, jugaba en esa posición. También asiste como lo hacía Roman, aunque a veces se la juega solo hacia el arco. De chico eso le traía problemas en su cuadro de baby fútbol y los técnicos se enojaban si no hacía mucho caso. 

Siempre un atrevido. Debutó oficialmente en primera en un clásico contra Peñarol por la Supercopa Uruguaya, en uno de esos partidos en los que para debutar hay que ser atrevido: la nueva dirigencia de Nacional, comandada por José Decurnex, había liberado a casi medio plantel en el último día de 2018 para equilibrar las cuentas, a solo tres semanas del partido contra Peñarol, que venía de ser campeón uruguayo.

A los pocos días Rodríguez subió al primer plantel, y en un abrir y cerrar de ojos Eduardo Domínguez, el técnico del momento, lo estaba largando a un Centenario lleno que esperaba otra vez guerra entre los dos equipos más grandes del país. Todavía recuerda cómo se le erizó la piel ese día al ver el recibimiento de La Banda del Parque, la barra brava tricolor con la que alentaba de pibe. Pero a un atrevido no le tiemblan las piernas.

¿Cómo te sentiste en ese clásico?

– Me sentí muy bien, lo disfruté un montón. Cuando recién arrancó el partido lo sufrí mucho en lo físico porque estaba jugando en primera, no en juveniles. Era todo distinto, otro ritmo, y me costó. Pero después terminé disfrutando mucho, terminamos saliendo campeones, y hoy en día es el partido más importante porque cortamos esa racha que tenían ellos en los clásicos.

La vida en pandemia

Desde ese clásico del debut hasta el último, jugado sin público el 9 de agosto de 2020, pasaron casi dos años, un campeonato uruguayo, y una pandemia mundial. Ante esa situación extraña en la historia de los clásicos uruguayos, Santiago Rodríguez dice que extrañó a la hinchada. “La hinchada hace que te motives, son como el motor afuera de nosotros”, opina, y destaca el recibimiento y la colocación de banderas, algo que para él fue “increíble”.

“Se suponía que no había gente e igual ellos se dieron mañas e hicieron todo lo posible para hacer ese recibimiento que tuvimos”, aseguró. 

Al igual que a todos los clubes de fútbol, la crisis mundial provocada por el coronavirus también perjudicó a Rodríguez y a su familia. “A nosotros (los futbolistas de Nacional) nos descontaron un 60% del sueldo. Tuvimos que manejar las cuentas de otra manera y hacer malabares para sobrellevar esta situación”, dice.

En los cinco meses que estuvo sin practicar con sus compañeros de Nacional, Rodríguez entrenaba por la mañana en la sesión por Zoom que dictaba el club y, después de una siesta, volvía a ejercitarse en la casa de su tío, donde tiene más espacio. El jugador reconoce que tiene que mejorar su musculatura y para eso tiene pensado instalar un gimnasio en su casa.

En su tiempo libre, su actividad favorita es jugar al FIFA en el Playstation, pasión que comparte con sus familiares y amigos en su casa y con sus compañeros en las concentraciones de Nacional. “Yo me sumo a un par de partidos, pero hay algunos que están todo el día. (Rodrigo) Amaral y (Pablo) García son los mejores”, afirma. Está muy contento con el plantel, aunque extraña a su mejor amigo Agustín Sant’Anna, que ahora juega en Deportivo Maldonado.

Entre el fútbol rústico y el lírico

En sus casi dos años como futbolista profesional de Nacional, tuvo tres técnicos. La confianza para debutar se la dio el argentino Eduardo Domínguez, la chapa de titular en primera la consiguió a los pocos meses con Álvaro Gutiérrez, y su consolidación en el once titular de un equipo grande la confirmó con Gustavo Munúa.

Santiago Rodríguez ganó su primer campeonato uruguayo de la mano del fútbol rústico de Gutiérrez, pero en el pan y queso se queda con la idea de juego de Múnua.

– ¿Qué diferencias hay en el día a día entre Gutiérrez y Munúa?

– “Guti” se preocupaba un poco más por la defensa. Él creía que si no nos hacían goles, los delanteros algún gol íbamos a hacer. Confiaba muchísimo en los jugadores que tenía adelante. Gustavo (Munúa) se preocupa más porque los delanteros estemos moviéndonos constantemente, que ayudemos a los defensas. Son dos maneras muy lindas de trabajar.

– ¿Y cuál te gusta más?

– Me gusta más lo que pide Gustavo (Munúa) en lo que es intensidad y por el ritmo que hace que tengas.

Adaptarse a la idea de Munúa es el tercer proceso de adaptación de Rodríguez: el primero fue pasar de la idea de Domínguez a la de Gutiérrez, y el segundo fue a volver a jugar tras su lesión a mediados del año pasado. Se perdió todo el Torneo Intermedio por una rotura parcial de un ligamento externo, lesión que lo tuvo dos meses fuera de las canchas, y todavía le cuesta hablar de ese momento.

¿Cuál es la pregunta que ya no querés contestar más?

– La de la lesión ya me tiene podrido (risas). Cada vez que hablaba me decían: “¿Te das cuenta que después de esa lesión no volvés igual?”. Ya sé lo que pasa con una lesión. Siempre la misma pregunta.

El camino

El camino de Rodríguez a primera tuvo los problemas normales de todo futbolista juvenil. Por ejemplo, la falta de tiempos que lo llevaron a dejar los estudios liceales y el curso de peluquería básica que pensó en hacer en su lugar. Pero nunca pensó en dejar el fútbol y eso, según cree, fue gracias a su familia que siempre priorizó trabajar para que él jugara sin necesidad de colaborar en lo económico.

Por eso, Rodríguez podrá tener de ídolos futbolísticos a Neymar y Riquelme, pero a quien admira más en la vida es a su padre. “Mi viejo era laburador, tenía un puestito ahí con mi abuela en 18, frente a la universidad. Era la vida que teníamos, él laburaba todo el día, se rompía el alma para que yo tuviera las herramientas para jugar al fútbol”, recuerda emocionado.

La posibilidad de concentrarse únicamente en el fútbol le permitió crecer dentro de Nacional, a donde llegó en 2009 de la mano de Daniel Pato López, un cazatalentos que lo descubrió en el Campeonato de Selecciones de baby fútbol un día que Rodríguez le hizo dos goles con Cohami a la Liga Parque.

Su crecimiento en juveniles fue constante. Así lo afirma Rudy Rodríguez, quien, consciente de su capacidad, lo eligió entre los 20 juveniles que ganaron la Copa Libertadores Sub- 20 en 2018, uno de los logros internacionales más importantes de un club uruguayo en los últimos 30 años.

“Daba una ventaja grande porque era 2000 y tenía 18 años. Hizo el escalón de muy buena manera, lo observé todo su desarrollo. A pesar de su físico, un jugador liviano, basa su juego en una muy buena capacidad técnica. Era un apasionado, muy exigente con él mismo y con el equipo. Se ofuscaba incluso si salía algo mal, algo que ahora ha cambiado y madurado: se ha dado cuenta que hay errores que pasan y que hay veces que el otro equipo es mejor”, afirma el técnico al hablar sobre Rodríguez.

El entrenador campeón juvenil de América piensa que es difícil comparar a jugadores de distintas épocas porque el fútbol es distinto, pero si se acerca a un tiempo más cercano cree que Rodríguez tiene cosas de Nicolás López, actual jugador de Tigres de México. “Tenía la misma capacidad y el mismo físico. Son jugadores ágiles, que pueden encarar, ganar los duelos, y habilitar a sus compañeros en ofensiva”, explica el técnico.

Ese crecimiento y habilidad temprana también fue vista por la selección uruguaya, que lo llamó para todos los niveles del proceso juvenil, Sub 15, Sub 17, Sub 20 y Sub 23 para el Preolímpico de este año. La primera citación se la informaron en una práctica de Nacional, y gracias a otra a un Sudamericano Sub 17 le llegó su primer contrato profesional. “Te hacen firmar un contrato para que no te lleven de afuera y que no le quede plata al club”, dice y recuerda a las risas que esa primera plata se la gastó toda en ropa.

Para Rodríguez la selección es un orgullo y su mayor objetivo a futuro. Sueña con ser dirigido por Óscar Tabárez, a quien admira porque “debe conocer a todos los que pasan por la selección y a los que no también”, y con quien sólo habló una vez mano a mano.

– ¿Qué te dijo esa vez?

– Que tenía que confiar mucho en mi juego, que yo al equipo le podía aportar el atrevimiento que tengo y que tenía que encarar. Me motivó eso, que te hable el Maestro, que es la cabeza de la selección. Me puso muy contento, lo escuché mucho.

Llegar

Para vestir la camiseta celeste en la mayor categoría Santiago Rodríguez sabe que tendrá mayores chances si emigra a Europa, su otro sueño a futuro. Por su físico y su juego cree que el mejor destino es España, porque en Inglaterra se juega de manera mucho más física. De todas formas, mantiene los pies en la tierra y repite: “No sé si la pegué porque todavía soy joven. Ya tengo un año en primera, este sería el segundo, y tengo mucho que recorrer si Dios quiere”.

Otros de sus compañeros no tuvieron la suerte de llegar a donde él llegó. Recuerda a Sebastián Paz, exjuvenil de Nacional, como un caso específico, aunque después su memoria se pierde entre varios jugadores del baby fútbol y otros de las juveniles que, en sus palabras, “pintaban para cracks y después nada”.

Santiago Rodríguez sabe muy bien que “llegar” no es fácil, y que no todos tienen la perseverancia suficiente para hacerlo. “Algunos estudiaron, otros no quisieron jugar más al fútbol, prefirieron trabajar. Parecía que muchos iban a llegar, pero a veces se complica, uno se cansa, no quiere esa vida”, explica. 

Cuando Eduardo Domínguez lo subió a primera recuerda que, además de pasar a entrenar tres veces por día, hubo muchas prácticas donde no tocaba la pelota y solo daba vueltas a la cancha. Cree que esa frustración es una de las tantas que los jugadores que quieren alcanzar el profesionalismo tienen que pasar.

– ¿Qué le dirías a un juvenil que quiere llegar a Primera?

– Para llegar primero que nada es duro el camino, es muy difícil a veces… hoy en día en primera me pasa a mí y a varios compañeros, que te frustrás, te ponés triste, juega mucho la cabeza, te ponés a pensar: “Pa, el entrenador no me quiere, no me pone, no tengo chance acá, este juega mejor, este juega peor”, cosas así. Tenés que ser muy fuerte de la cabeza. Hay que tener confianza en uno mismo cuando vas a jugar y aprovechar las oportunidades. Me parece que para darte cuenta si llegás o estás por llegar es un tema de si vas agarrando confianza jugando partidos en primera división. Una vez que empezás a agarrar minutos y jugás te vas consolidando y dando cuenta de que estás en primera división. A veces subís a entrenar y eso no significa que estés en primera.

Santiago Rodríguez nunca dejó de ser flaco, aunque cada vez mira con más cariño a las pesas. Tampoco dejó de ser el mismo atrevido encarador que era en el baby fútbol y en las juveniles de Nacional. No cambió ni cuando le llegaron las convocatorias a las juveniles de la selección uruguaya, ni cuando le tocó debutar en un clásico contra Peñarol. Ese fue su primer sueño, pero para “llegar” le quedan otros por cumplir.

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