Por Agustín Frugoni, Federico Pereira y María Eugenia Scognamiglio

Con la misma mirada crítica sobre la educación que lo llevó hace tres años a integrar la iniciativa Eduy21, el director ejecutivo de la organización analiza el estado de la enseñanza y cómo le afectó la pandemia y la suspensión de las clases presenciales.  

Renato Opertti, quien también dirige la Escuela de Postgrados de la Universidad Católica, evalúa la gestión educativa del nuevo gobierno y los cambios incluidos en la ley de urgente consideración (LUC). Para el experto la pandemia amenazó a los alumnos de contextos más vulnerables, pero es una oportunidad de replantearse un modelo educativo que combine la virtualidad con la presencialidad.

A continuación, un resumen de la entrevista que mantuvo con Mejor Dicho.

Si tuviese que enlistarlos, ¿qué problemas identifica hoy en la educación? 

Previo a la pandemia Uruguay ya registraba una serie de problemas en términos en la sostenibilidad y el desarrollo del país futuro. Tenemos una educación que no está captando ni reflejando las preocupaciones y necesidades de desarrollo del país en muchas áreas. Hay un problema de adaptabilidad a los cambios de la sociedad; generalmente los sistemas educativos y la educación cambian a un ritmo más lento de lo que cambian las sociedades y le cuesta generalmente a las instituciones educativas adaptarse a los cambios.

La educación del futuro tiene que ser mucho más proactiva y propositiva, y buscar respuestas para que los jóvenes tengan oportunidades de desarrollarse y de actuar competentemente frente a diversos desafíos.

Los resultados en materia de aprendizaje son muy deficitarios. Los datos sobre la educación básica, media y técnica, en términos de la adquisición de las herramientas elementales básicas −de matemáticas, de lenguas, de ciencias− son muy preocupantes, porque estamos en muchos casos ante situaciones de analfabetismo funcional. Es decir, cuando una persona, un niño o una niña no es capaz de poder leer un texto y poder extraer información, analizarlo y expresarse. Cuando esto pasa estamos ante un problema serio de analfabetismo. Uruguay tiene un problema de una inequidad muy grande y un déficit de calidad de aprendizaje. 

Tenemos una educación que no entiende a los jóvenes y a los adolescentes, porque en general tiende a girar sobre sí misma y le cuesta ampliar su mirada cultural, sociológica y antropológica hacia los jóvenes, no como objetos de aprendizaje, sino como sujetos activos, que toman decisiones, que producen conocimiento. Muchas veces al estudiante se lo toma como un objeto al que se le transmite información y nada más. Eso es un concepto muy vetusto de la educación.

En mayo, el director de OPP, Isaac Alfie, advirtió por la “pérdida de alfabetización” por la suspensión de las clases por la pandemia, ¿esa afirmación se sostiene todavía en la situación educativa en la que estamos hoy? 

Lo que dijo Alfie muestra una realidad. Uruguay tiene un problema de analfabetización.

Analfabetismo es cuando una persona no tiene las mínimas bases matemáticas y de ciencias para resolver problemas que se le enfrentan en la vida cotidiana, vinculados al manejo de la matemática, la física o la química.

Lo que decía Alfie me parece que va hacia lo que en el mundo se denominan alfabetizaciones fundamentales. Una persona que no tenga un conocimiento más o menos integral de lo que implica vivir en un mundo donde hay peligros de sobrevivencia planetaria por nuestros propios estilos de vida, por ejemplo. 

El covid-19 lo pudo haber agravado sí, porque hay un sector de población que se vio muy afectada.

No es que los jóvenes abandonen, sino que son expulsados por un sistema educativo que no les da oportunidades de aprender de una manera sostenible, progresiva y fluida. Ese problema, que lo teníamos antes, pudo haberse agudizado con el confinamiento, porque los sectores más vulnerables son los que tienen menor acceso a recursos tecnológicos.

¿Fue una buena decisión haber suspendido las clases presenciales? Pensando en quienes quedaron rezagados, ¿había alguna alternativa posible?

En general no existe lo correcto y lo incorrecto. Uno maneja evidencia, la interpreta y toma decisiones. Uruguay tuvo una muy buena comunicación entre la ciencia y la política para tomar decisiones. Porque hay un comité científico liderado por tres grandes expertos como (Rafael) Radi, (Henry) Cohen y (Fernando) Paganini, y porque el gobierno entendió que tiene que utilizar a la ciencia como base para tomar decisiones.

 Por otro lado, la información que se tenía en ese momento podía dar a pensar que la prevención implicaba el cierre de los centros educativos en cuanto a la presencialidad. 

Sin embargo, lo que después mostró la comunidad científica es que no hay evidencia clara y rotunda de que los niños contagien más. Por lo tanto, es una suerte de balance entre salud, bienestar y educación. Sí existe evidencia de que el cierre de la escuela para algunos sectores es catastrófico. Hay que seguir trabajando profundizando en la presencialidad, complementaria de la virtualidad, más allá de la pandemia. 

Usted, en entrevista con VTV Noticias, habló de un modelo híbrido entre presencialidad y virtualidad, ¿cómo sería ese sistema?

Esa es la pregunta más relevante que el país se puede hacer en los próximos años. El modo híbrido integra actividades presenciales y a distancia permitiendo que la persona tenga una formación que concatena ambos sistemas. No es que se suma lo presencial a la distancia o viceversa; sino que lo presencial y la virtualidad se reformulan en virtud de un nuevo modelo educativo.

Lo entendió muy bien el Plan Ceibal, por ejemplo. Pero el sistema no lo hizo, y ahí hay un problema: no entendió que las personas aprenden de formas distintas y en diferentes formatos y espacios.

El modo híbrido lo que va a hacer es juntar estos dos mundos que siguen separados e involucra cambios en los alumnos, en el rol de los educadores y los centros, en la gestión de la educación, en los contenidos que se priorizan.

¿Qué tan bueno fue el uso del Plan Ceibal en esta pandemia?

Fue clave. Sin Plan Ceibal el Uruguay se hubiera quedado prácticamente sin herramientas para resolver las dificultades de la falta de presencialidad.

En América Latina muchos países no tienen modelos como el Plan Ceibal, o tienen planes incipientes. Esos países sufrieron mucho, porque pudieron garantizar el acceso a la tecnología solo a un sector muy minoritario de los alumnos. El Plan Ceibal fue fundamental en esta pandemia y va a serlo mucho más cuando el país, ojalá, transite hacia ese modo híbrido.

El Gobierno dice que con el presupuesto que tenía la educación en el período pasado los resultados educativos no fueron buenos. ¿Es un problema de dinero?

Los recursos son en función de la política educativa y de los programas que uno tiene. A Uruguay le faltó en los últimos años capacidad programática, de elaboración de programas y propuestas que hubieran hecho un mejor uso de los recursos.

Los recursos importan porque sin ellos uno no puede sustanciar lo que uno se imagina, proyecta y aspira. Pero sin aspiraciones y sin ideas, tampoco los recursos solucionan los problemas. Hubo un desbalance entre un crecimiento inercial de los recursos y una debilidad de la propuesta educativa.

Hubo un desfasaje entre una mayor inversión y resultados que no se acompasan con tal inversión, lo que es a nuestro criterio un problema de debilidad de la concepción educativa.

¿A dónde fue esa inversión?

Más que inversión fue gasto. Porque lo que se aumentó fue en recursos humanos. Si ves el presupuesto de la ANEP (Administración Nacional de Educación Pública), más del 90% está destinado al pago de sueldos, según decía en estos días el presidente del Codicen, Robert Silva. A su vez, ANEP destina menos del 4% de los recursos actuales a inversión.

El problema es que crecimos en burocracias y no en volumen de propuestas. Ahora bien, el crecimiento de la educación tiene que ver muchas veces con más docentes. Lo que digo es que no le dimos a eso un sostén de política educativa potente. 

¿Se pueden recortar gastos en educación? 

Hay que hacer un esfuerzo enorme, sin tocar el volumen global de inversión y gasto de la ANEP. No entraría en una discusión de más o menos recursos. Yo diría: con el presupuesto actual –que ya es un presupuesto importante, porque tuvo un crecimiento relevante en los últimos años–, démonos la oportunidad de utilizar bien esos recursos para transformar la educación. Esa es la discusión. Mantener lo existente y productivizarlo de una manera significativamente distinta de como se lo ha hecho hasta ahora. 

Volviendo a la pandemia, se habló mucho sobre si este será un año perdido o no. Se ha dicho que la educación va a estar peor, incluso que se puede hablar de un retroceso de hasta tres años para atrás. ¿Coincide con esto?

No es un tema de cuantificarlo en dos, tres o cuatro años. Hay una situación de debilidad de algunos aprendizajes, fundamentalmente en aquellos que ni siquiera se conectaron en este período. No creo que sea bueno un discurso de lo ganado o lo perdido.

El discurso tiene que ser uno que diga: “Cuando nos pasa cualquier cosa en la vida aprendemos algo. Sepamos qué aprendieron nuestros jóvenes en este período”. 

La LUC estableció cambios en la jerarquía educativa con la desaparición de los órganos desconcentrados (Primaria, Secundaria, UTU, Formación Docente), que pasan a responder al Codicen. ¿Cómo valora este cambio? ¿Cómo cree que va a repercutir?  

Estamos a favor de un cambio en el gobierno de la educación. Creemos que la educación en Uruguay está muy fragmentada por niveles y que no hay una conducción orgánica.

Valoramos positivamente este cambio, que es necesario en el sentido de dotar al Codicen de mayor ejecutividad al estar las direcciones –antes subsistemas o consejos– bajo su órbita. Y valoramos también que se le haya dado al Ministerio de Educación y Cultura (MEC) mayor capacidad de orientación de la política educativa. 

Ahora hay que ver qué contenido le damos para que gestionemos. La gestión institucional no dice nada si no es en función de los contenidos y propósitos que queremos desarrollar.

¿Cómo evalúa usted la gestión de Robert Silva al frente del Codicen?

No hay una cantidad de elementos para evaluarlo porque Robert Silva asumió hace poco. Lo que valoro de su desempeño es su capacidad de manejo pausado de la apertura de los centros educativos. Supo comunicar bien lo que se iba a hacer y ha hecho un seguimiento muy razonable de lo que está pasando. Si uno ve lo que fue la apertura al inicio y ahora, en todo este proceso no ha habido grandes cortocircuitos. Y eso es mérito de su gestión.

¿Y de la gestión del ministro Pablo Da Silveira?

Da Silveira está haciendo una gestión que tiene por un lado el objetivo de ir posicionando al ministerio como una voz en la educación y creo que lo está haciendo, como la persona analítica que él es, viendo los espacios para que eso se concrete.

Tiene una mirada de cambio hacia la educación y va a tratar de que el ministerio sea un pivot de ese cambio. Ha hecho otra gestión, que me parece muy encomiable: la parte cultural, donde durante la pandemia se vio a un MEC muy activo, con oportunidades de desarrollo de la cultura en diferentes niveles.

¿Cuál nivel educativo va a tardar más y cuál menos en reponerse?

Me parece que el nivel medio es donde vamos a tener mayores dificultades porque venimos de una educación muy desconectada con los jóvenes, ahí es donde tenemos el principal cuello de botella.En la educación inicial hay una reconexión, una empatía mayor. En la educación primaria también. La educación media tiene una cultura menos cohesiva.

Por otra parte, las universidades mostraron una capacidad de ir a un modelo de mayor virtualidad. Da para pensar que esa transición ha sido mucho menos traumática. 

¿Hacia dónde tiene que apuntar el sistema educativo uruguayo y qué tan lejos estamos de ese objetivo?

El sistema educativo tiene que repensarse. En materia de gestión, actuación, administración. En algunas cosas la LUC ya avanza. Debe replantearse su concepción educativa también; en los contenidos que debe trabajar, en los ciclos educativos, en los ambientes de aprendizaje, en la manera de entender a los alumnos, a los educadores, de apoyarlos.

Estamos lejos de un sistema educativo que funcione. Pero lo lejos o lo cerca es una cuestión siempre relativa, del lente con el que uno mire la realidad. Me preocupa cuando la distancia conceptual es fuerte, cuando no hay claridad en los conceptos, cuando no entendemos bien lo que significa educar en un ambiente de pluralidad y libertad.

Me preocupa más lo conceptual que lo operativo, porque lo último es resultado de lo primero. Estamos lejos en lo conceptual porque todavía estamos enredados en discusiones que ya no son pertinentes. Uruguay es un país muy nostálgico, que vive más del pasado que con mirada futurística. 

Pero soy optimista que esta pandemia nos mostró con capacidad de respuesta y diálogo entre la ciencia y la política, lo que es vital en un país para desarrollarse. Y existe una ventana de oportunidades para reformar la educación. Los próximos meses van a ser decisivos para saber si esa voluntad se plasma en un cambio efectivo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s