Migrar a Pie

Por Gabriel Reyes. 21 de julio de 2021.

-Elizabeth se unió a la reunión de zoom-

Pide perdón y activa la cámara. Del otro lado, una mujer de piel negra y ojos hundidos. Los edificios se esconden mientras camina. Acaba de hablar con su hija. La niña le contó que anoche tuvo una pesadilla. “No me dejaba cortar”, dice con media sonrisa.

Ahora sí, se presenta.

“Soy Elizabeth Díaz. Tengo 29 años y llegué de Cuba en mayo del año pasado”. 


A pesar del cierre parcial de fronteras, la Dirección Nacional de Migraciones registró a poco más de un millón de extranjeros que, al igual que Elizabeth, ingresaron al país durante el 2020. Esto representó el 36% respecto al año pasado. Durante este período, los ingresos cubanos ocuparon el 13vo lugar. Sin embargo, al abrir los ingresos durante los meses de pandemia, el país escaló al número 5 configurándose como uno de los principales flujos de ingreso al país.


Su hermana llegó al país hace poco más de 3 años. Cada vez que hablaban, le sembraba la semillita de irse. “Aquí tu ganas bien, me dijo. Es tranquilo y la salud y educación son gratis”. De a poco, empezó a buscar cómo venirse con su hija.

A fines del 2019 su hermana la agregó a un grupo de Facebook con cubanos que ya estaban acá. “Yo no sabía ni dónde estaba Uruguay”, bromea, “pero todos los días como veinte compatriotas preguntando cómo venirse para acá”. Ese año, más de 4.000 cubanos iniciaron la solicitud de residencia en Uruguay.

-Silvia Facal se unió a la reunión de zoom-

Silvia Facal, Doctora en historia de las migraciones y directora de la Cátedra Magallanes, Viajes y Viajeros en la UCU, afirma que estas nuevas corrientes migratorias son un fenómeno al que no estábamos acostumbrados. Según los saldos migratorios, hasta hace unos años no solo no atraíamos corrientes migratorias, sino que tampoco reteníamos a nuestra propia población. 

En el 2009 se rompió una tendencia de más de 50 años: Uruguay había recibido más personas de las que se habían ido. Esto marcó el inicio de lo que la historiadora llama una ola migratoria como nunca vimos.

Para la historiadora, esta ola se caracteriza por el uso de las Redes Sociales. “Si te fijás, la mayoría de las personas emigraron a Uruguay porque alguien de su círculo ya estaba acá”, reflexiona. Para quienes buscan dónde emigrar, los grupos de Whatsapp y de Facebook funcionan como foros donde pedir información y conocer la experiencia de otros compatriotas en el país.

Uruguay empezó a ganar visibilidad en esos espacios cuando promulgó la ley 18.250 sobre migraciones.

-Inara se unió a la reunión de zoom-

Inara Ubal es licenciada en Relaciones Internacionales y trabaja como coordinadora del Programa de Migración e Interculturlidad en el MEC. Además, es asesora de documentación y trámites en Idas y vueltas, una organización que trabaja con población migrante en situación de vulnerabilidad. Para ella, la ley implicó un antes y un después para la historia de las migraciones del Uruguay.

Para Ubal, esta ley propone un marco abierto y seguro para las migraciones: “por lo menos desde lo teórico, reconoce y garantiza que las personas migrantes tengan los mismos derechos y obligaciones que los nacionales”. 

Facal afirma que la Ley de Migraciones es la principal razón por la que Uruguay recibió tanta población migrante. “Durante estos años, el contexto regional desplazó a mucha gente: la crisis venezolana, el régimen en Cuba y el descreimiento político en República Dominicana. Pero eligieron este país porque Uruguay les permitía establecerse fácilmente”.

Además de reconocer derechos como la seguridad social, el trabajo y la educación, esta ley establece mecanismos para facilitar el pedido de refugio, la regularización de migrantes irregulares y la posibilidad de reunir a sus familias en el país. 

Sin embargo, Ubal sostiene que la ley por sí misma no asegura el goce de los derechos. “Para inscribirte a ASSE, necesitás la residencia. Si te querés anotar igual, hay que pagar $2.000 y pico de pesos”. “Parece poco”, continúa, “pero estamos hablando de poblaciones precarizadas que no siempre cuentan con ese dinero”.

El acceso a la información es otro factor que Ubal marca como una barrera para el goce de los derechos. “Se nos acercan personas reclamando que los empleadores no les dan trabajo por no tener cédula. Eso está mal. Desde hace poco más de un año se puede dar el alta en BPS solo con el pasaporte”, concluye.


Para el 2012, el 21,5% de las cédulas dadas a extranjeros eran para latinoamericanos no fronterizos. En 2015, el número ascendió a 31%.


Elizabeth cruzó la calle y se metió por un pasillo angosto. “Nosotros somos muy de los Estados Unidos”, confiesa mientras llegaba a su casa. “Cruzar a Miami. Nos criamos con ese sueño. Pero empezamos a escuchar que en Uruguay podías acceder rápido a la residencia”.

En efecto. La nueva ley incrementó como nunca los pedidos de residencia de personas cuyos países de origen no pertenecen al Mercosur, comenta la historiadora. “El efecto fue inmediato. Solo durante el primer año las solicitudes a través de la Dirección Nacional de Migraciones aumentaron casi al triple, llegando al pico en 2013”.

“Para las personas del caribe, la residencia uruguaya es una de las más sencillas de tramitar a nivel regional”, sostiene Ubal. El año pasado, seis de cada diez residencias iniciadas eran de cubanos.

La residencia es el trámite que todo extranjero que migre a Uruguay debe hacer para regularizar su situación y documentación en el país. 

Sin embargo, algunas nacionalidades requieren de visa para tramitar la residencia Uruguaya. “A partir de 1968 se le empezó a solicitar a los cubanos”, narra Facal. “Es bilateral. Es decir, nos la exigimos mutuamente. La de los dominicanos, por el contrario, es unilateral”.

Facal sobre la visa a las personas dominicanas

Para Ubal, la solicitud de visa para dominicanos va en contra del reconocimiento del derecho a Migrar. “En 2008 promulgamos una ley migratoria revolucionaria en el mundo; pero cuando Uruguay empieza a recibir un flujo importante de dominicanos, le impusimos visado unilateralmente al país”. Además, sostiene que a partir de esa normativa disminuyó la cantidad de solicitudes de residencias, pero provocó que los migrantes irregulares cruzaran a pie hasta Uruguay.


“Yo no apliqué para la visa”, admite Elizabeth. “Te piden un depósito bancario altísimo. Supón que yo hago algún dinero extra. ¿Cómo le explico al gobierno de dónde salió?”. 

Quienes consiguen la visa, viajan en avión a Uruguay. Prueban un par de meses y si les gusta, solicitan la residencia. El resto, deben contactarse con personas para que los lleven ilegalmente hasta Brasil. 

“Dejé a mi hija con mamá. Es que no podía arriesgarla tanto, recuerda Elizabeth. “Me dolió parirla, pero más me dolió dejarla”

Su viaje empezó en el aeropuerto de Cuba. Por 800 USD, un avión la llevó a Georgetown, la capital de Guyana. Llegar hasta allí no fue difícil, relata Elizabeth. Según su experiencia, el gobierno no tiene muchos requisitos para entregarle el permiso. 

Luego se trasladó en ómnibus a Lethem, un pueblo de 1.702 habitantes fronterizo con Brasil. “Me contacté con unas personas que por 400 USD te cruzan en avioneta hasta Boa Vista”. Aunque no es la única opción para llegar a la ciudad brasileña: “por 200 USD la guagua -camioneta- te lleva hasta Brasil. Es un viaje de casi 20 horas, lleno de gente. Pero lo más peligroso es cruzar la selva”, advierte Elizabeth.

-Betilde se unió a la reunión de zoom-

Betilde Muñoz-Pogossian es Directora del del Departamento de Inclusión Social de la Secretaría de Acceso a Derechos y Equidad de la Organización de Estados Americanos (OEA). Para el organismo, la migración irregular es uno de los fenómenos más complejos de los últimos años.

La OEA no tiene cuantificadas cuántas personas atraviesan ese espacio. “Sabemos dónde se dan los movimientos, pero son zonas donde los estados y los organismos internacionales tienen poco acceso”, comenta la directora.

“En cada punto te piden dinero. Si no, te llevan a migraciones y termina el viaje”, continúa Elizabeth.  


Elizabeth quedó atrapada en Voa Bista. Intentó comunicarse como pudo con su familia. “El virus no había llegado a cuba, pero yo estaba asustada por mi hija”. Aunque tenía planificada la ruta a Porto Alegre, la pandemia la paralizó por un tiempo.

Muñoz-Pogossian comenta que esto fue común en toda Latinoamérica. “Durante la crisis, los países cerraron frontera, los aviones dejaron de moverse, los “coyotes” -personas que mueves a otras ilegalmente entre países- bajaron su actividad. El foco estaba en otra cosa”.

Los movimientos regulares se redujeron casi en su totalidad. Sin embargo, afirma que los movimientos irregulares no pararon. “Se ralentizaron porque las personas estaban muy asustadas. Los primeros meses, los refugios cerca de las zonas de cruce se llenaron como nunca vimos”. Allí, afirma la directora, los estados tuvieron una doble dificultad: asistir a los migrantes irregulares y contener la situación sanitaria.

“El COVID-19 agravió la crisis económica, política y social en los Cuba, República Dominicana y Venezuela. El miedo al virus colocó a los países con sistema de salud accesibles y gratuitos como los más atractivos”, señala Muñoz-Pogossian.

Por último, advierte que la pandemia precarizó aún más la situación de los migrantes ilegales y su exposición a situaciones ilegales que requieran el cruce de frontera como la trata de personas o el tráfico de drogas.


Después de atravesar Brasiol en camioneta y a pie, Elizabeth llegó a Rivera a mitad de julio. “Crucé la frontera y me tomaron la temperatura. Me hisoparon y me fui a un refugio a pasar la cuarentena”. Cuando la dejaron salir, solicitó la condición de refugiada para acceder a la cédula provisoria en Uruguay y se tomó un ómnibus hasta Tres Cruces y de ahí, a lo de su hermana.

“Estoy juntando dinero para el pasaje de mi niña. Si dios quiere y consigo los papeles, me la traigo el año que viene. Atravesé todo esto para que ella pueda venir tranquilita en un avión”, confiesa.

Me sonríe desde el sillón de su casa y se despide.

-Elizabeth abandonó la reunión de zoom-

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